Una amenaza prometida

El cuerpo orondo de Ana vibraba con la melodía que interpretaban los músicos de la verbena esa noche. Imposible mantenerse quieta, se mecía en la silla al ritmo de la canción mientras la madera crujía, pero ella disfrutaba de la velada, se reía y cantaba, indiferente a las advertencias de su marido: “¡Para de moverte! Si te caes, que sepas que no te voy a ayudar.” Lo decía muy en serio, con su habitual tono conminatorio. A Iván le gustaba salir y pavonearse, pero no siempre en compañía de Ana. Odiaba hacer el ridículo o quedar en evidencia.

Ana, como una niña rebelde, siguió meciéndose hasta que la silla cedió. Su cuerpo inexplicablemente rodó debajo de la mesa atrapada en la propia silla. Iván, impasible, no se movió, es más, siguió escuchando a la orquesta indiferente a los lamentos de Ana que se debatía por salir. Un camarero contrariado corrió a socorrerla; a duras penas logró levantarla y sacudirle el polvo de su falda. Magullada, avergonzada y, sobre todo, humillada por la arrogancia de su marido, dejó de reírse, dejó de bailar, dejó que le arrebataran su felicidad.


sadržaj@sphlukenic.comstvoreno u Bluekea