El hombre Humo

Papá fumaba a todas horas, en casa, en el trabajo, de viaje o de ocio, incluso descansando en un sofá o en la cama. La colección de ceniceros se iba colmando de colillas y de pitillos prendidos que abandonaba para encender uno nuevo. No se acordaba o no deseaba terminarlos, allí estaban humeando nuestro espacio. El candor entre los dedos, tintados del amarillo de la nicotina, le insuflaba seguridad. "Gitanes" sin filtro durante muchos años fue su predilección, "Habanos" o "Ducados" se fueron turnando en esa carrera de humos. Después de muchas anginas de pecho, continuó con el tabaco rubio alternando "Cámel", "Winston" o "Marlboro" hasta el final. Se compraba cartones que nunca eran suficientes, cajetillas por doquier entre su despacho, el coche y la casa. Nada de horarios o rituales para encender un pitillo después de un café, no había pausa, incluso en el cuarto de baño siempre había humo, siempre caladas rápidas y nerviosas, ni siquiera lo abandonaba al comer.

Protestas a diario por no disponer de un cenicero a la hora de sentarse a la mesa, el pitillo reposaba escasos momentos en él mientras se llevaba una cucharada de sopa o pinchaba de mala gana con el tenedor algún alimento sólido que tragaba sin masticar. Su tedio era absoluto, despreciando la comida. No me quiero imaginar qué podría saborear con un paladar atrofiado de nicotina. Sólo interesado por algún pastel o dulce, azúcar que le reconfortaba y combinaba nuevamente con la calada y el humo.

El pitillo en la boca era parte de su cara. Mientras conducía lo mantenía colgado de la comisura derecha del labio, al estilo de los hombres malos de las películas americanas. Cuando se le metía el humo en el ojo lo guiñaba, pero nunca abandonaba el cigarrillo y continuaba conduciendo tuerto. El cenicero del coche siempre sucio, rebosante de decenas de colillas mal apagadas.

Todos fuimos fumadores pasivos, era imposible evitar ese humo, nos acompañaba siempre. No renunció jamás, ni por él ni por los demás. Años más tarde, ese humo fue su sentencia, pero aun débil y derrotado, persistió en su empeño de morir convertido en humo.



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