La Montería española

A papá le gustaba la caza mayor. Se apuntó a un club de tiro, club básicamente de empresarios en donde entre tiro al plato o al pichón intercambiaban información y hacían negocios. Una afición de los años setenta antes de proliferar la afición por el golf. Se dejaban ver empresarios, banqueros, políticos y, sobre todo, buscavidas. Tradiciones caras, rifles de importación que se adquirían principalmente en una tienda de Madrid del barrio de Salamanca. Inscripciones en listas muy selectas y con precios de escándalo, para participar en monterías cuyos terrenos solían pertenecer a marqueses que se embolsaban suculentos ingresos. Los inconvenientes parecían no molestarle: desplazamientos a fincas remotas, madrugones de invierno, frío, lluvia, niebla y mucho barro hasta alcanzar su puesto y allí quedarse quieto aguardando hasta tener la suerte, según quien lo diga, el cazador o el animal, de tirar a matar y confiar en que ningún cazador vecino te confundiera con la bestia y recibieras tú también un tiro de gracia. Se jactaba que estar en la naturaleza era una comunión con la vida y la muerte. Solía regresar con la carne del animal que llevaba al carnicero Gorostegui quien, a cambio de quedarse con la mayor parte de la pieza, le preparaba un guiso suculento. En casa empezaron a llenarse las paredes de cabezas de esos pobres desgraciados ciervos y jabalíes, ante el espanto de mamá.

Me arrastró con él un tiempo, repito, me arrastró, yo odiaba la matanza, el sonido del disparo, el frío de la madrugada en el puesto, los alaridos de la rehala y, sobre todo, el olor a sangre, mucha sangre, y esas cabezas de venado y jabalí decapitadas por los propios cazadores expuestas en fila al final de la jornada para la acostumbrada foto. Un ritual salvaje del que me costó zafarme. Cuando casi nos embiste un jabalí herido, que evité al tirarme al suelo saltándome el animal por encima para acabar el pobre despeñándose por un barranco, fue el momento para decirle que nunca más le acompañaría. 


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