Un Cosaco en el armario

Había un armario en su casa que de niño papá sabía que tenía prohibido abrir. Cerrado siempre, pero aun así o debido a ello, le gustaba colarse en el dormitorio y tocar la madera, comprobar que seguía custodiando algo misterioso, algo secreto. La advertencia de su padre Iván era seria: nunca, pero nunca, abrir esas puertas, nunca colar un ojo por la cerradura, nunca tocar la llave en el caso poco probable de descuido.

Allí dormía el uniforme del cosaco, nadie podía verlo y aún menos tocarlo, una reliquia, un trozo de santo, un amuleto para su padre. Ese uniforme arrancado a un oficial cosaco, a quien Iván dio muerte, fue su salvoconducto para atravesar 3000 kilómetros desde un campo de prisioneros en Rusia durante la Gran Guerra. Camuflado de cosaco, logró esquivar los avances y repliegues de vencidos y vencedores, atravesar a pie la antigua Persia, esconderse en barcos turcos para alcanzar Albania, donde un pastor de ovejas le ayudó a volver a Pancevo. Son los años 1917-1918 de la contienda, pero él necesitó más de dos años para regresar. Nunca olvidó a ese cosaco a quien arrebató la vida despojándole de su uniforme y de su honor, pero decidió conservar la cherkeska como su talismán y penitencia. 


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