Nekada davno, živjeli su gepard i kameleon koji su se ljuljali na paukovoj mreži...

24 cuentos y 49 imágenes
134 páginas
Autoedición limitada

Presentación en la Real Sociedad Fotográfica
15 de septiembre a las 19:30 h

Con título de cuento infantil me propongo narrar los avatares de mi abuelo Iván, el guepardo, de mi padre Jorge, el camaleón, y de Sonja, la araña, quien va tejiendo la tela que los captura para resaltar algunas características de sus personalidades. Mi interpretación es subjetiva, sin embargo, los patrones de conducta que se repiten no son fruto del azar, son guiones heredados generación tras generación y que tampoco me son ajenos.

Iván, padre de mi padre, fue un guepardo. Su apellido forma parte de la historia de los Balcanes. Símbolo en estandartes feudales del siglo XV, los "hajduci" fueron guerreros independientes que protegían a cambio de bienes y privilegios. Ante todo, libres, ni amo ni credo ni ideología les condicionó. Hoy en día, esos bandidos pasarían a ser unos mercenarios. Los actos de valentía, audacia y supervivencia de los "hajduci" (Hajduka, en croata), no son baladíes, fueron impulsivos y temerarios y parece que Iván dejó evidencia de esto en sus actos.

Jorge, mi padre, es el camaleón, astuto, muy hábil, sobre todo en el camuflaje, en su doble juego. Pero ante todo su independencia. Esquivo a los compromisos, ni dogmas, ni doctrinas, dotado para nadar entre muchas corrientes.

Yo, Sonja, la araña, la tejedora de la tela que los atrapa y me atrapa y me obliga a mirar lo que mi tela engulle, vidas que son el reflejo de la mía.


Manifiesto un respeto por esos padres de padres cuya cadena de casualidades y causalidades me ha permitido existir. Culturalmente solemos rendirles homenaje, o mejor dicho, grandes silencios para no enturbiar su memoria, por no dejar al descubierto que fueron de carne y hueso, hombres con dotes y defectos, valientes y cobardes, niños y animales, supervivientes y protectores. Esa valla de seguridad de no cuestionarlos la quiero saltar, colarme en las habitaciones oscuras, revolver entre el polvo de los muebles y tocar esos objetos inertes impregnados de historias, de vidas resucitadas con mis patitas ligeras de araña. 

No llegué realmente a conocerlos. A Iván en una única ocasión, cuando tenía 5 años. En cuanto a Jorge, me cuesta hacer un perfil. Sólo puedo describirlo por mis emociones y mis constantes contradicciones. Escucho las opiniones de los demás, son admiradores que me reprochan ese deseo de profundizar: “tu padre te quería mucho…te protegía mucho… eras su favorita… su niña mimada… un hombre amable, con mucho carisma… quería mucho a tu madre … un gran 

" hombre … sí. " Sus palabras te calman pero no te reconfortan, hablan de una persona que tampoco pudieron conocer, aunque sus encuentros fueran agradables. Sí, lo reconozco, fue bueno conmigo; sí, me cuidó bien, me inculcó sus valores, me transmitió sus patrones, me obligó a desconfiar, a cuestionármelo todo, a darme cuenta de que navegamos entre corrientes y contracorrientes y nuestra pericia es lograr no dejarse atrapar por esa espiral que te arrastra al negro. Sin embargo, ese negro me atrae, te permite descubrir los blancos, lo evidente que todos nos  ocupamos de disimular, ese negativo es a donde quiero llegar. Nuestro cuerpo sin su esqueleto no se sostiene y yo busco esa foto, esa radiografía, para medir los huesos que mi padre replicó de su padre y que yo he replicado también. La envoltura que cubre el esqueleto es ese conjunto de capas, como las pieles de una cebolla, que vamos superponiendo para protegernos, capas o patrones que nos regalan nuestros padres y otras que vamos construyendo nosotros para luego volver a regalar. Herencias transgeneracionales, construcciones, circunstancias, mimetismos y muchas improvisaciones contiene la mochila que arrastramos y que representan nuestra personalidad, a la vez que la incógnita del misterio de un padre que quieres, del que das por hecho su cariño y bondad, y que no pones en duda, porque a un padre no se le cuestiona. Pero un día fallece, y entre la marea de pena, soledad y abandono que te invade se van formando unas pequeñas crestas entre las olas de un mar de preguntas, primero en voz muy bajita para terminar en voz alta: 

¿quién era mi padre?

¿Quién era su padre? ¿Por qué actuaron de aquella manera?

¿Cuáles fueron sus motivos y miedos?

¿Cómo relatar las respuestas a mis preguntas? 

Por cuentos construidos en base a recuerdos leyendas y fotografías asociadas a unos brevísimos momentos de sorprendente franqueza, retazos de dolor y tristeza no censurados de los que fui testigo directo y que me han permitido descubrir, y mucho imaginar, lo que fueron y lo que somos.

¿Testimonio veraz? No, claro que no. No puedo pretender convertirlo en una biografía real con el argumento de las fotografías, instantes congelados de unos hechos que no tienen voz, imágenes mudas que pretenden ser testimonios irrefutables, olvidando que quien interpreta será siempre subjetivo, parcial, manipulador y probablemente mentiroso para protegerse a sí mismo.

El desenlace del título de canción infantil "Érase una vez un guepardo y un camaleón que se columpiaban en una tela de araña…" es fácil de adivinar: no sólo ellos dos se enredan en la tela, la propia araña queda atrapada también, esperando los tres a que alguien reinvente sus historias, o puede que no.

Somos el resultado del experimento del doctor Frankenstein, un ser construido con piezas de nuestros ancestros, piezas que deseamos haber escogido acertadamente -“lo mejor de nosotros”- con el único criterio del que disponemos, nuestra voluntad de desear lo mejor, de querer crear algo mejor que nosotros mismos.

A veces lo logramos y a menudo no! Caemos en patrones que asumimos que son los buenos, los que han servido a nuestros abuelos y padres, ¡Cómo no van a ser los buenos! Y no nos arriesgamos a cuestionarlos; por consiguiente creemos que nuestros vástagos deberán aceptarlos como regalo.

La asociación de las herencias transgeneracionales con el monstruo creado por el doctor Frankenstein puede resultar demasiado dramático sobre todo por el hecho de que su experimento fracasó. Sin embargo, hay algo en esta historia fantástica y romántica que se puede trasladar a los anhelos que depositamos en nuestros descendientes y es la convicción de que las pautas de conducta, credos y costumbres han de preservarse cueste lo que cueste; ni son discutibles ni se ponen en tela de juicio. El problema es ese estancamiento en nuestra percepción y empeño en transferir sólo lo que conocemos sea bueno o malo.

Nos gusta mantener un orden que, aun siendo consciente de que no es el ideal, nos permita cierto control. Abrir compuertas nos provoca desasosiego y por ello preservamos unos patrones sin siquiera validarlos en el contexto en el que vivimos, sabedores de que son guías obsoletas y contrarias al propio desarrollo del individuo y de la sociedad en la que nos corresponde vivir. Los valores se modifican y se adaptan, fluyen, adquieren nuevos significados y en nuestra lucha constante de aguantar con ahínco olvidamos algo crucial: nuestra necesidad de readaptarnos si deseamos vivir y ser mejores. Siempre mejores.


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