Hace años, al leer las desventuras que sufría un escritor español, gran amante de la navegación a vela, por culpa de esos “Borjamaris", como los denominó mordazmente, que invaden el mar sin escrúpulos ni respeto, me di por aludida. Describía a la perfección a mi familia y nuestro barco de locos.
El mar para papá era una superficie para correr. De niña le recuerdo esquiando en el Pantano de San Juan, con un motor de largos brazos que uno mismo manejaba al igual que una moto. Se llamaba skikraft, un invento alemán cuyos prototipos se trajeron para comprobar su eficacia. De seguido llegaron las zodiacs con unos fuera borda de muchos caballos para literalmente hacer el caballito como un genuino macarra del motor. Las salidas en familia se convertían en dramas, esas malditas embarcaciones de caucho rebotaban sin piedad sobre las olas. Literalmente volabas y botabas alzándote medio metro y para evitar caer al agua solo podías sujetarte de las abrazaderas, pero las manos siempre acababan agarrotadas por ese esfuerzo titánico. Años más tarde, el Capitán Tan, con ganas de surcar los mares, se hizo con un yate. Sí, eso ya se llamaba yate. "Mousie" de nombre, con 11 metros de eslora, todo equipado y un camarote a proa. Sin el título de patrón de yate no podía navegar, así que se apuntó a la academia mas cool de entonces en Madrid y, no pareciéndole suficiente título, no dudó en presentarse para el de capitán de yate, soñando con futuras embarcaciones aún más grandes, emulando a un auténtico lobo de mar. Sudó lagrimas hasta aprobar el título, fue la primera vez que lo vi estudiando. Encerrado en su habitación él mismo se recitaba los temas, calculaba y dibujaba los rumbos en las cartas de navegación, parecía que estaba preparando unas oposiciones.
Con el título en la mano, reiniciamos nuestra odisea o calvario con la siguiente tripulación: mamá, cuan gato de secano, siempre con miedo al mar, mi hermana con la idea de torrarse al sol estaba dispuesta a embarcar, pero con la condición de que no se le exigiera nada, yo acatando órdenes para variar y en ocasiones se apuntaba mi hermano que añadía emoción a la tripulación al querer asumir el mando, cual lucha de capitanes, y así zarpábamos del puerto a todo gas. Las excursiones siempre terminaban en discusiones, los atraques en un circo de vergüenza ajena. Algún pescador en el muelle, para evitar la colisión contra los barcos amarrados, acababa ayudándonos para no estrellarnos. Hubo situaciones de auténtico peligro, muchos nervios, caos, instrucciones erróneas y contradictorias, falta de respeto a los partes meteorológicos, navegación sin luces por fallos técnicos y por zonas rocosas con poco calado con garantía de encallar, regresos a puerto en noche cerrada, crispados, exhaustos, en silencio, todos enfadados. Pero él siempre contento en su papel de lobo de mar. Él disfrutaba del ruido, del rugido del motor, del surco en el mar que iba dejando lleno de espuma y vapores de gasolina y, sobre todo, ese viento de velocidad. La dotación de los locos fue poco a poco abandonando el barco como las ratas. Ya no contaba con grumetes y, consciente de que él solo era incapaz de pilotarlo, tiró la toalla decepcionado por su tripulación. Un Borjamari con título de capitán de yate por cuyo esfuerzo merecía disfrutar, pero nunca respetó el mar.

